Emiliano López · Lucía Converti
En mayo de 2018, el gobierno argentino recibió el mayor préstamo en la historia del FMI: 57.000 millones de dólares. En los tres meses siguientes, el peso perdió el 40% de su valor. El poder adquisitivo de los salarios cayó a un ritmo que los trabajadores argentinos no habían visto en más de una década. Los fondos de inversión que habían colocado capital en Argentina durante el boom del carry-trade previo salieron con rentabilidades extraordinarias, aprovechando exactamente la crisis que habían contribuido a generar. El FMI llegó tarde, como siempre. Pero los mercados financieros llegaron a tiempo.
Esta no es una historia sobre la mala gestión económica argentina. Es una historia sobre cómo funciona el sistema financiero global. La volatilidad de las economías periféricas —esa inestabilidad permanente que destruye salarios, ahorros y planes de vida de millones de personas en el Sur Global— no es un defecto que el capital financiero internacional busque corregir. Es una de sus condiciones de rentabilidad. Los inversores globales se endeudan barato en dólares y colocan ese capital en monedas periféricas a tasas mucho más altas. Cuanto más inestable sea la moneda, mayor será la prima de riesgo que justifica. Cuanto mayor sea la prima, más alta será la ganancia. Desde la perspectiva del capital financiero central, una crisis periférica no es un problema sino una oportunidad.
El primer artículo de esta serie argumentaba que la teoría de la dependencia sigue siendo el marco indispensable para entender la economía global desde el punto de vista de los tres continentes que producen la riqueza mundial y la retienen menos (López y Barrera Insua, 2026). La segunda demostró, a través del Ratio Baran, que las burguesías latinoamericanas desvían sistemáticamente el excedente económico de la inversión productiva: la periferia subordinada latinoamericana reinvierte en promedio solo el 36% de su excedente en capital fijo, con Argentina en el piso con apenas un 28% —menos de la mitad de lo que reinvierte Alemania (64%) y muy por debajo del propio Estados Unidos (53%) (López, 2026). Este artículo plantea la siguiente pregunta: si el excedente no se destina a la acumulación productiva, ¿hacia dónde se dirige?
La respuesta tiene tres destinos que la teoría de la dependencia ha estudiado típicamente. Una fracción sale como renta financiera al exterior (intereses y utilidades repatriadas, que llamaremos aquí Canal 2), otra parte se fuga sin registrar hacia plazas financieras del centro (Canal 3), y la mayor parte —más del 50% del excedente en la periferia subordinada— se disipa internamente en consumo improductivo y financiarización doméstica (Canal 4). Pero la correa financiera no solo extrae excedente: también condiciona la acumulación a escala nacional. La subordinación monetaria interfiere directamente con las perspectivas de acumulación en los espacios nacionales de valor de la propia burguesía periférica. El mecanismo detrás de esto es la celebrada volatilidad financiera —expresada en ciclos vertiginosos de precios de bonos soberanos, hipervariabilidad del tipo de cambio y las tasas de interés, y precios de bienes primarios hiperfinanciarizados—. Lo importante es reconocer que esto no es un efecto secundario de la acumulación occidental financiarizada: es, como el propio Alan Greenspan sugería, la condición activa que hace rentable el arbitraje financiero y otorga respiración artificial al proyecto imperialista estadounidense.
La transformación posterior a 1970: de la dependencia productiva a la financiera
La teoría clásica de la dependencia entendía la subordinación periférica principalmente a través del prisma del intercambio desigual en el comercio y de la superexplotación del trabajo: el deterioro de los términos de intercambio, la especialización en mercancías primarias y la brecha tecnológica. Estos mecanismos siguen operando y, como argumentamos en artículos anteriores, siguen siendo sumamente relevantes. Pero algo fundamental cambió tras el colapso del sistema de Bretton Woods en 1971 y, de forma decisiva, tras la crisis de la deuda de los años 80.
El final de Bretton Woods desató una ola de desregulación financiera que sometió progresivamente a las economías periféricas a una nueva forma de disciplina: la del capital superlíquido. Desde este momento, las inversiones extranjeras en los países del Sur Global ya no se incorporaban como inversiones productivas de forma directa, sino como compra de bonos o títulos que prestaban capital efectivo y engrosaban la deuda externa de los países periféricos, o bien buscaban brechas cambiarias o de interés para generar bucles financieros de corto y cortísimo plazo. El reciclaje de petrodólares de la OPEP a través de bancos occidentales —que inundó a los gobiernos latinoamericanos de préstamos en dólares durante los años setenta y ochenta— fue uno de los ejemplos más evidentes.
Cuando la Reserva Federal, a cargo de Paul Volcker, subió los tipos de interés en 1979, esas deudas se volvieron impagables de la noche a la mañana, lo que desencadenó la “década perdida” y los programas de ajuste estructural que siguieron bajo los designios del FMI. Lo que emergió de los escombros no fue un retorno a la acumulación productiva, sino un nuevo régimen: la financiarización periférica que condujo simultáneamente a la concentración, centralización y extranjerización aceleradas del capital en la periferia. Es, en definitiva, un sistema en el que las economías del Sur Global se encuentran estructuralmente orientadas a atraer y retener capital extranjero volátil mediante altos tipos de interés, tipos de cambio sobrevalorados y austeridad fiscal, en lugar de desarrollar su propio aparato productivo.
Esto no es una disfunción del neoliberalismo. Así es como funciona el capitalismo periférico en la etapa abierta en la década de 1970. Y tiene una lógica precisa: para que el arbitraje financiero sea rentable, el Sur Global debe permanecer inestable. Una economía periférica con moneda estable, tasas de interés bajas y pleno empleo no ofrece el diferencial de rendimientos necesario para atraer al capital especulativo. La correa financiera no solo sujeta al Sur del mundo: requiere que nuestras naciones permanezcan en un estado de tensión permanente.
La trampa de la volatilidad
Antes de examinar los canales de extracción del excedente, es importante entender por qué la volatilidad opera como mecanismo activo y no como falla del sistema. Este fenómeno forma parte de un ciclo autorreforzante: la economía periférica atrae capital extranjero volátil a través de altos tipos de interés o volatilidad cambiaria; este capital entra en auges y sale en crisis; las salidas desencadenan la depreciación de la moneda, la recesión y una mayor fuga de capitales; el Estado responde endureciendo la política monetaria para atraer el capital de vuelta, lo que profundiza la recesión y prepara el terreno para el siguiente ciclo.
Los números cuentan esta historia con claridad. La volatilidad del PIB de Argentina (desviación estándar del crecimiento) es del 6,0%, más del doble que la de Brasil (2,7%). Argentina experimenta recesiones en el 34% de los años de nuestra muestra —diez episodios entre 1995 y 2023—. Brasil en un 10%. Chile, pese a tener la mayor fuga de capitales de la región, registra solo un 3,5% de volatilidad del PIB: su Canal 3 opera de forma más sistemática y silenciosa, no solo en crisis.
El punto estructural clave es este: la volatilidad no es exógena. No está causada por “shocks externos” que afectan a una economía sana. Es endógena al modelo de producción y de financiarización dependiente. La integración de las economías dependientes en los mercados financieros globales —en los términos establecidos por el capital del centro— produce la inestabilidad que justifica una mayor liberalización, austeridad y subordinación. Cada crisis profundiza las propias estructuras que la causaron.
Lo que este ciclo rara vez nombra con claridad es quién gana en él. La misma volatilidad que destruye el poder adquisitivo de los trabajadores, erosiona el ahorro de las clases medias y expulsa a millones de la economía formal en cada recesión —esa misma volatilidad es exactamente la que hace posible el carry-trade: los inversores se endeudan a tasas cero en dólares, colocan en monedas locales a tasas del 10-15% y retiran antes de que la depreciación anule las ganancias—. La inestabilidad periférica no precede al arbitraje: es su consecuencia y su condición simultánea.
Figura 1. El circuito completo de la dependencia financiera
Renta imperialista en la era de las finanzas
Samir Amin argumentó que el sistema global extrae una “renta imperialista” de la periferia a través del intercambio desigual, una transferencia sistemática de valor derivada del diferencial salarial entre el centro y la periferia. En una economía financiarizada global, esta renta ha adoptado una nueva forma y un alcance decisivos: el arbitraje financiero. Los inversores globales se endeudan barato en dólares —a tipos fijados por la Reserva Federal para las economías centrales— y prestan caro en monedas periféricas, beneficiándose de las diferencias de tipos de interés y del riesgo cambiario que genera el propio sistema financiero global jerárquico. Este es el mercado financiero global funcionando exactamente como fue diseñado, valorando activos periféricos como “arriesgados” precisamente porque la periferia ocupa una posición subordinada en el sistema, y luego cobrando una prima por esa subordinación.
Musthaq (2021) formalizó este argumento actualizando la teoría de Amin: la “nueva renta imperialista” en el capitalismo financiarizado no se limita al arbitraje laboral —el diferencial de salarios entre el centro y la periferia— sino que incluye también el arbitraje financiero. Las monedas periféricas, al carecer de liquidez internacional suficiente para actuar como reserva de valor global, deben pagar una prima permanente para atraer capital. Esta prima no refleja un riesgo genuino: refleja una posición estructural en la pirámide monetaria. Nuestros datos permiten operacionalizar este argumento a escala de 67 países. La correlación entre el Índice de Jerarquía Monetaria (CH) y el Ratio Baran —la fracción del excedente que las burguesías nacionales reinvierten productivamente— es positiva, con un valor de 0,532, en 67 países con datos completos. La posición de una moneda en la jerarquía internacional no solo determina cuánta renta financiera sale en forma de intereses y utilidades: también condiciona activamente cómo la burguesía local utiliza el propio excedente que se apropia.
El CH es un índice compuesto de cuatro dimensiones: la proporción de deuda externa denominada en moneda propia (el inverso del llamado “pecado original” de Eichengreen y Hausmann), el peso de la moneda en la cesta de Derechos Especiales de Giro del FMI, el acceso a líneas de swap con la Reserva Federal y el Banco Central Europeo, y la participación en las reservas globales de divisas según datos del FMI (COFER). Su rango va de 0 (moneda totalmente subordinada, sin poder monetario internacional) a 1 (moneda hegemónica). Los resultados confirman, de forma agregada, lo que la teoría de la dependencia ha defendido durante mucho tiempo: el dólar estadounidense obtiene una puntuación de 0,875; las monedas de la eurozona (incluida Alemania) 0,709; y Japón 0,582. Luego, hay un abismo. China, a pesar de su peso productivo, tecnológico y comercial en las cadenas globales de suministro, obtiene un valor reducido. Fue recién en octubre de 2016 que el Renminbi ingresó a la cesta SDR del FMI con un peso del 10,9%. Antes de esa fecha, el CH de China era prácticamente cero: excluido del SDR, sin líneas de swap con la Fed ni con el BCE, y con el 93% de su deuda pública denominada en moneda extranjera. El ingreso al SDR y la participación creciente en reservas globales (2,7% en 2023) elevan su CH a 0,29 en 2023, pero China sigue siendo la única gran potencia económica sin acceso a las líneas swap permanentes de los bancos centrales del centro —el mecanismo que distingue estructuralmente al dólar, el euro, el yen y la libra del resto—. Las principales economías de América Latina caen en el rango de 0,166 a 0,011: Argentina en 0,020, Chile en 0,166, Brasil en 0,143, México en 0,140, Colombia en 0,011 y Perú en 0,018. La diferencia entre el dólar y el sol peruano no es una diferencia de grado, sino de posición estructural en un sistema diseñado para reproducir la subordinación monetaria.
La subordinación monetaria produce una extrema volatilidad cambiaria: la correlación entre CH y la volatilidad del tipo de cambio es r = −0,361 (p < 0,01), lo que confirma que la inestabilidad no es exógena al sistema, sino que es generada estructuralmente por la posición monetaria. El EMBI+, construido por JP Morgan, actúa como gatillo que, ante cualquier señal de riesgo, provoca corridas cambiarias en la periferia, lo que afecta fuertemente la estabilidad macroeconómica.
Figura 2. El mecanismo de la correa financiera
Fuente: elaboración propia con base en datos del Banco Mundial y del FMI.
El estado periférico, lejos de resistirse a esta lógica, la sostiene activamente. Los bancos centrales mantienen tipos de interés altos para atraer capital volátil y acumulan grandes cantidades de reservas en dólares —en su mayoría letras del Tesoro estadounidense— por las que apenas obtienen una pequeña rentabilidad, lo que impone enormes costes de oportunidad a la economía interna. Realizan operaciones de esterilización que generan deuda en sus propios balances. Todo esto se justifica en nombre de la “estabilidad financiera” y la “credibilidad monetaria”, pero en la práctica equivale a una nueva forma de tributo al centro por el privilegio de participar en un mercado financiero global cuyas reglas están escritas en otras geografías.
Bona y Wainer (2025) han sistematizado estos canales desde la teoría marxista de la dependencia, delineando de qué manera la subordinación financiera refuerza cada fase del ciclo de capital dependiente: en la fase D, capitales volátiles entran en búsqueda de ganancias a corto plazo; en la fase M, el endeudamiento externo intensifica la superexplotación del trabajo al comprimir el gasto público y los salarios; en la fase D’, los beneficios se exteriorizan o se disipan internamente. Su análisis empírico revela dos variedades de financiarización subordinada: Argentina, atrapada por el “pecado original” (75% de su deuda soberana en moneda extranjera) y la dolarización de sus depósitos (27,9%); y Brasil, que superó el pecado original pero a costa de garantizar tasas de interés reales de +3,6% durante una década —el llamado “retorno del pecado original”— restringiendo toda política redistributiva a través del trípode macroeconómico.
El índice CH asigna a estos dos casos una coordenada precisa en la pirámide monetaria. El CH de Argentina, de 0,020, y el de Brasil, de 0,143, indican que su dependencia financiera efectiva se amplifica en un 49% y 43% adicionales, respectivamente, una vez que se tiene en cuenta la posición de sus monedas en la jerarquía monetaria global.
La anatomía del excedente: cuatro canales
Para cuantificar la lógica de la dependencia financiera a escala global, construimos una descomposición completa del excedente económico para 67 países durante el período 1995–2023. El excedente se orienta a cuatro destinos distintos.
El primero es la inversión productiva, que llamamos aquí Canal 1. La formación bruta de capital fijo (maquinaria, infraestructura, equipamiento) es el único canal que reproduce y amplía la base productiva. Como mostramos en Where the Surplus Goes? (López, 2026), el Ratio Baran mide qué proporción del excedente controlado por el capital se reinvierte en el ciclo productivo.
El Canal 2 es la porción destinada a la renta financiera al exterior: los intereses pagados sobre la deuda externa más las utilidades y dividendos repatriados por la inversión extranjera directa y de portafolio. Es la renta que el capital financiero internacional extrae de la economía periférica por su posición de acreedor y propietario.
El Canal 3 es la fuga/exportación de capital: flujos no registrados estimados mediante el método de residuo de la Balanza de Pagos (Ndikumana y Boyce). Para la periferia, son salidas no reportadas como IED ni repago de deuda —una fuga defensiva ante la crisis—. Para el centro, representa exportaciones netas de capital hacia la periferia: el mismo capital que luego genera el Canal 2 que la periferia repaga.
El Canal 4 es el residuo doméstico improductivo: lo que queda del excedente tras los tres canales anteriores. Captura el consumo suntuario de las clases dominantes, la financiarización doméstica (crédito a hogares para consumo, rentas especulativas internas) y el excedente que simplemente no llega a la inversión. Es el “excedente potencial desperdiciado” que Paul Baran conceptualizó.
Lo que muestra la Figura 3 es una gradación que no es lineal, sino estructural: hay posiciones en el sistema global que producen sistemáticamente patrones distintos de uso del excedente. El centro hegemónico reinvierte el 57% de su excedente en capital productivo. Las naciones de autonomía no hegemónica —China, Corea del Sur, Malasia— reinvierten el 61%, superando al propio centro. La semiperiferia disputada cae al 49%, mientras que la periferia subordinada reinvierte solo el 35%. El Canal 4 sigue el patrón inverso: 8% en el centro, 23% en la autonomía no hegemónica, 38% en la semiperiferia, 53% en la periferia. Más de la mitad del excedente que genera la burguesía periférica latinoamericana no va ni a la inversión productiva ni sale como transferencia financiera registrada: se disipa en el circuito interno de consumo suntuario, en la especulación financiera doméstica y en la renta inmobiliaria.
Figura 3. Anatomía del excedente económico. Los cuatro canales en 67 países
Fuente: elaboración propia con base en datos del Banco Mundial, de la Penn World Table y del FMI.
Este hallazgo incomoda a las narrativas convencionales sobre el “subdesarrollo” —un punto que desarrollamos en nuestro artículo previo (López, 2026)—. La periferia subordinada no carece de excedente: lo genera en cantidades considerables, con tasas de explotación del trabajo significativamente más altas que en el centro. El problema no es la escasez sino el destino. Acemoglu y Robinson (2012), por ejemplo, atribuirían este patrón a “instituciones extractivas” que desincentivarían la inversión productiva: el bajo desarrollo de las fuerzas productivas persistiría porque las élites prefieren instituciones que les permiten extraer rentas en lugar de crear riqueza. Pero esta explicación invierte la causalidad. Las instituciones no son la causa de la subordinación financiera periférica —son un síntoma de ella—. La arquitectura financiera global hace que no invertir productivamente sea la decisión racional dado el sistema en el que operan estas clases. La burguesía periférica no reinvierte porque no tiene un proyecto nacional de desarrollo. Su inserción de clase no requiere el desarrollo del mercado interno ni la expansión del aparato productivo. Los activos financieros y los inmuebles en economías con inflación crónica ofrecen retornos muy superiores y más seguros que el capital fijo, y esa lógica es perfectamente coherente con una clase que acumula integrándose a los circuitos financieros globales como socio menor del capital metropolitano. El Canal 4 no es una falla institucional: es el resultado lógico de una economía organizada —desde afuera y con una estructura de clases heredada de la colonia— para otra cosa.
La Figura 4 muestra con claridad que la posición en la jerarquía monetaria —capturada por el CH— se correlaciona con el Canal 4, con r = −0,697 (p < 0,001). No es una relación directa ni mecánica. El CH bajo no causa directamente el desperdicio del excedente: lo condiciona a través de la volatilidad. Las monedas subordinadas son estructuralmente inestables; esa inestabilidad acorta los horizontes de planificación empresarial; los horizontes cortos hacen que los activos financieros y especulativos superen en rentabilidad esperada a la inversión en capital fijo. El Canal 4 es la dependencia financiera manifestándose en el comportamiento cotidiano de la burguesía periférica —no como conspiración sino como cálculo racional en un sistema diseñado para producir exactamente ese resultado—.
Los datos concretos del Canal 3 confirman y precisan este cuadro. Chile —el ejemplo emblemático del éxito neoliberal en América Latina— muestra una fuga media de capitales del 9,1% del PIB durante el período 1995–2023, la más alta de la muestra.¹ Pero lo que distingue a Chile no es solo la magnitud de la fuga: es la combinación con la mayor tasa de repatriación de utilidades (Canal 2, 4,3% del PIB), que refleja el peso excepcional de la IED en la minería. La extracción financiera total de Chile —Canal 2 más Canal 3— supera el 10% de su PIB anual. Ecuador registra 3,6%. Argentina promedia un 2,3% en fuga —pero con una volatilidad extrema del PIB (6,0%) y diez episodios de recesión en 29 años—. Brasil pierde un 0,8% del PIB anual en fuga de capitales.
Figura 4. La mecánica de la dependencia financiera: transferencias, jerarquía monetaria y disipación del excedente
Fuente: elaboración propia con base en datos del Banco Mundial, Penn World Table y FMI.
El Canal 2 en términos absolutos es igualmente revelador. Entre 2015 y 2019, solo siete economías latinoamericanas —Argentina, Brasil, Chile, Colombia, Ecuador, México y Perú— transfirieron al exterior en renta financiera (intereses más utilidades) un promedio anual de 124.000 millones de dólares: Brasil 47.700 millones, México 31.900 millones, Argentina 15.400 millones, Perú 9.800 millones, Chile 9.200 millones, Colombia 8.000 millones, Ecuador 2.400 millones. Al mismo tiempo, el Centro hegemónico recibía, neto, 433.000 millones de dólares anuales en renta financiera proveniente del resto del mundo.
El patrón que la Figura 5 hace visible no es simplemente “crisis igual a fuga”. Es un ciclo de tres fases que se repite con regularidad casi mecánica. Primero, el capital entra: inversores internacionales se endeudan en dólares a tasas bajas y colocan en monedas periféricas a tasas altas. En Argentina, esto es legible en la zona azul de 2016–2018; en Chile, en los picos de los ciclos mineros; en Brasil, en los flujos de portafolio de la era Lula. Segundo, el ciclo se invierte: la recesión o el sudden stop —a menudo desencadenado por el propio peso de la deuda acumulada o por un shock externo de tasas— produce la salida masiva. Los años de recesión sombreados y los picos de la zona de color coinciden con una sincronía que no es aleatoria: Argentina 2001–2002 y 2020, Brasil 2015–2016, Chile 2009, Colombia y México en los episodios de volatilidad externa. Tercero, el ciclo se reinicia: cuando los activos periféricos se han abaratado lo suficiente, el capital vuelve a entrar —comprando a precio de saldo lo que la crisis depreció— y recaptura el diferencial de rentabilidad. La zona azul que sigue a cada pico de salida no es recuperación: es el comienzo del próximo ciclo de extracción. No hay anomalía en este patrón. Hay un negocio, sostenido por la arquitectura institucional que lo hace posible.
Figura 5. Ciclos y fuga: seis países de América Latina, 1995–2023
Fuente: elaboración propia con base en datos del Banco Mundial, del Penn World Table y del FMI.
Esta dinámica no es exclusiva de América Latina. El trabajo de Ndikumana y Boyce sobre África revela la misma lógica operando a una escala aún más devastadora. Entre 1970 y 2015, treinta países africanos perdieron un estimado de 1,4 billones de dólares en fuga de capitales —cifra que alcanza los 1,8 billones si se incluyen los ingresos por intereses imputados—, superando con creces el stock de deuda externa de los mismos países (497.000 millones en 2015) y los 992.000 millones recibidos en ayuda oficial al desarrollo en ese período. África no carece de recursos: se la despoja sistemáticamente de ellos. Solo Nigeria perdió 340.000 millones de dólares. La fuga acumulada de la República Democrática del Congo representa el 706% de su PIB. Son la expresión financiera de la misma lógica compradora que captura el Ratio Baran en la esfera productiva: una clase dominante cuya riqueza no depende del desarrollo de la economía nacional, sino de su integración en los circuitos financieros globales como socio menor del capital metropolitano.
La trampa de la deuda y el FMI como su ejecutor
La fuga de capitales y la deuda externa son dos caras de la misma moneda, lo que Ndikumana y Boyce denominan la “puerta giratoria” de las finanzas periféricas. Los países se endeudan a tasas altas y los recursos prestados, en lugar de financiar el desarrollo productivo, facilitan la salida de capitales por parte de élites nacionales y extranjeras. La deuda permanece; el capital se va.
Nuestros datos confirman la naturaleza estructural de esta dinámica. Entre 1995 y 2023, los pasivos de deuda externa como proporción del PIB crecieron de manera sostenida en América Latina: Chile pasó del 19% al 61%, Ecuador del 34% al 69%, Colombia del 14% al 44%, México del 23% al 34%, Brasil del 11% al 19%. El contraste con los estados que subordinaron los flujos financieros a la acumulación productiva es marcado: China mantuvo su deuda externa entre el 8% y el 15% del PIB en el mismo período; India entre el 16% y el 19%.
El centro, por su parte, acumuló niveles de deuda externa mucho más altos —Francia pasó del 46% al 232%, el Reino Unido del 109% al 296%, Estados Unidos del 26% al 112%— sin desencadenar la dinámica de crisis que destruye economías periféricas en umbrales mucho más bajos. Pero este endeudamiento acelerado no debe leerse como señal de fortaleza. Como argumentó Arrighi, el giro hacia las finanzas es el “otoño” de todo ciclo hegemónico: cuando la potencia dominante ya no puede mantener su dominio mediante la superioridad productiva, recurre a la expansión financiera, endeudándose contra un futuro que ya no puede garantizar.
La diferencia entre la deuda del centro y la de la periferia no es solo de magnitud: es cualitativa y tiene raíces históricas profundas. El mismo stock de pasivos externos produce efectos cualitativamente peores en Lima que en Frankfurt porque el sol peruano no ofrece refugio ante una crisis, mientras que el euro sí lo hace. Esa asimetría monetaria no es un accidente técnico —es la forma contemporánea de una subordinación que data de la colonización misma—. La arquitectura financiera global no creó la dependencia periférica; le dio una nueva forma institucional. Cuando la deuda de Chile se triplica del 19% al 61% del PIB mientras el 9,1% de su economía se escapa como fuga de capitales, no estamos ante un “país en desarrollo poniéndose al día con las finanzas globales”. Es el último capítulo de una historia de despojo que comenzó con las minas de plata de Potosí y las plantaciones esclavistas de Bahía. El dólar sustituyó a la libra, que sustituyó al real español, pero la dirección de la transferencia nunca ha cambiado —solo el mecanismo: ahora es automático, mediado por diferencias de tasas y calificaciones crediticias en lugar de cañoneros y virreyes—.
El papel del FMI en este ciclo merece la mayor atención: es el garante institucional de la dinámica que describimos. Los préstamos se conceden bajo la condición de austeridad fiscal, liberalización comercial, apertura de cuentas de capital y privatización de activos. La apertura de la cuenta de capital —presentada como condición técnica de “modernización financiera”— es en realidad la condición sine qua non que mantiene abierto el canal a través del cual el diferencial de tasas se convierte en rentabilidad para el capital financiero central: sin ella, el carry no funciona, los flujos volátiles no entran ni salen, y la volatilidad que los alimenta se disipa. El Fondo no solo ejecuta el orden financiero: lo reproduce.
Argentina es el caso de manual: el mayor préstamo en la historia del FMI (57.000 millones de dólares, 2018) financió la fuga de capitales en tiempo real —los dólares desembolsados salían del país a través de la cuenta financiera en cuestión de meses—. El patrón es general: desde los programas de ajuste impuestos al África subsahariana en los años 80 y 90 —que coincidieron con los períodos más intensos de fuga documentados por Ndikumana y Boyce— hasta las condicionalidades en Ecuador y los regímenes de austeridad impuestos al sur de Europa tras 2010, el Fondo ha actuado sistemáticamente como el ejecutor de un orden financiero que transfiere recursos de la periferia al centro, presentando esa transferencia como “estabilización”.
Cerrando el círculo
Las tres notas de esta serie forman ahora un argumento completo. La teoría de la dependencia proporciona el marco estructural: las economías periféricas están subordinadas mediante una combinación de mecanismos productivos, comerciales, financieros, tecnológicos y de redes que operan simultáneamente. El Ratio Baran muestra que las burguesías periféricas —especialmente en América Latina— sistemáticamente subinvierten el excedente en capital productivo: un promedio regional del 36% y casos extremos como Argentina (28%) y Perú (33%) que expresan la lógica compradora en su forma más acabada. Y la descomposición de los cuatro canales muestra con precisión hacia dónde va el excedente desviado: entre el 4% y el 6% como renta financiera al exterior [C2], alrededor del 6% como fuga [C3], y el 53% como residuo interno improductivo [C4].
La burguesía periférica no invierte productivamente en parte porque el horizonte de rentabilidad de los activos financieros —facilitado precisamente por la inestabilidad cambiaria y las altas tasas de interés— supera al de la inversión en capital fijo. El capital financiero del centro extrae renta precisamente porque esa inestabilidad existe y se reproduce. Y la arquitectura institucional —desde el FMI hasta las agencias de calificación que conforman el EMBI+— garantiza que así sea. Nadie con poder real sobre el sistema tiene incentivos para estabilizarlo. La estabilidad no es el equilibrio al que tiende el capitalismo financiarizado periférico: es exactamente lo que disuelve su mecanismo de extracción.
Lejos de ser una política fallida, esta es una estrategia de clase que opera mediante una arquitectura financiera que la recompensa. Y no se revertirá “mejorando el clima empresarial” ni “atrayendo inversión extranjera”. Solo será revertida por la misma fuerza política que lo revirtió en Asia oriental: la capacidad de los movimientos nacional-populares para desarrollar, desde las esferas estatales y más allá de ellas, controles sobre el capital, dirigir el crédito hacia la acumulación productiva y subordinar el capital nacional y extranjero a un proyecto soberano de desarrollo.
En un mundo en crisis, donde la hegemonía del dólar se encuentra en retroceso y nuevas arquitecturas financieras alternativas están surgiendo, las condiciones para romper la correa financiera son más favorables que en cualquier otro momento desde la década de 1970. Para cortar las correas, deben invertirse las prioridades: las condiciones materiales de vida de los pueblos del sur no pueden resolverse con lo que queda como saldo luego de los pagos al exterior en forma de rentas, intereses y fuga. Un proyecto soberano de desarrollo debe centrarse en romper los circuitos viciosos del capital financiero global —y eso requiere disputar los mecanismos institucionales que los reproducen—.
Emiliano López es investigador en el CONICET-Universidad Nacional de La Plata y economista jefe del Instituto Tricontinental de Investigación Social.
Lucía Converti es economista de la Universidad de Buenos Aires e investigadora del Instituto Tricontinental de Investigación Social.
Referencias
Acemoglu, D., & Robinson, J. A. (2012). Why Nations Fail: The Origins of Power, Prosperity, and Poverty. Crown Publishers, Nueva York.
Amin, S. (1976). Unequal Development. Monthly Review Press.
Arrighi, G. (1994). The Long Twentieth Century. Verso.
Bona, L. y Wainer, A. (2025). La lógica financiera de la dependencia. Elementos teóricos y una breve aplicación para caracterizar los casos de Argentina y Brasil. Revista Economía, 77(126), 27–47.
Eichengreen, B. y Hausmann, R. (1999). Exchange rates and financial fragility. NBER Working Paper 7418.
Lane, P. R. y Milesi-Ferretti, G. M. (2007). The external wealth of nations mark II. Journal of International Economics, 73(2), 223–250.
López, E. (2026, 19 de marzo). Where Does the Surplus Go? Peripheral Bourgeoisies and the Politics of Disinvestment. Tricontinental Political Economy [Substack]. https://triconpoliticaleconomy.substack.com/p/where-does-the-surplus-go
López, E. y Barrera Insua, F. (2026, 5 de marzo). The Dependency Map and Mechanisms That Transcend National Borders. Tricontinental Political Economy [Substack]. https://triconpoliticaleconomy.substack.com/p/the-dependency-map-and-mechanisms
Musthaq, F. (2021). Dependency in a financialised global economy. Review of African Political Economy, 48(167), 15–31.
Ndikumana, L. y Boyce, J. K. (2018). Capital flight from Africa: updated methodology and new estimates. Political Economy Research Institute Working Paper 469. University of Massachusetts-Amherst.
Nota metodológica
Fuentes de datos
¹ El promedio del 9,1% corresponde a los años con estimación disponible del método residual de BoP. El promedio incluyendo años sin estimación es 6,2% del PIB. La diferencia refleja limitaciones de cobertura del método, no ausencia real de fuga en esos años.







